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Frontera tras frontera
La tranquilidad que tenía hasta los días de Bogotá fue algo que se quedo en el mismo camino a los pocos kilómetros, ya que tan pronto llegué a la terminal de buses, la velocidad de viaje regreso a mi como al comienzo de esta odisea. El dinero estaba contado y justo para llegar a la frontera de mi país.
El camino entre Bogotá y Medellín fue espectacular, con la oportunidad de contemplar el gran río Magdalena – mismo río que va a salir triunfal a colorar las aguas del Caribe, saludando a Barranquilla. Medellín ya había cambiado en tan solo un par de meses. Lo que vi como pequeñas construcciones de la nueva linea del metrocable ahora ya era una linea funcional. No se si en prueba, o ya con responsabilidades poblacionales. Y tan acelerado la llegada a Medellín, como la partida.
En tan solo 24 horas, había logrado llegar a Turbo, para tomar la lancha rápida de 2 horas al otro lado del Golfo de Urabá, a Capuraganá, donde tuve la suerte de tomar ese mismo día otra lancha a Pto. Obaldía, Panamá. Sin parar estaba dejando la Cordillera central colombiana, 2600 msnm para estar en el caribe, en la Comarca de Kuna Yala en unas 30 horas.
Mas, Puerto Obaldía, a pesar de su belleza, me hizó sentir un poco atrapado en una zona de suma importancia, pero sin mucho movimiento – ¡Es el paso continental y no es muy concurrido! Es un bello secreto olvidado a sus patologías y conflictos sociales. Era hora de colgar la hamaca, esperando el primer barco que me quisiera llevar a Miramar, desde donde podía seguir el recorrido por carretera, o el primer avión que me transportara a la Ciudad de Panamá. Lo que sucediera primero, era el camino, y mientras eso sucedia, bienvenida hamaca mía…
